La ciencia
mágica
En una aldea
vivían un campesino con su mujer y su único hijo. Eran muy
pobres, y, sin embargo, el marido deseaba que su hijo estudiase
una carrera que le ofreciese un porvenir brillante y pudiera
servirles de apoyo en su vejez. Pero ¿qué podían hacer? ¡Cuando
no se tiene dinero...!
El padre
llevó a su hijo a varias ciudades y pueblos para ver si alguien
quería instruirle de balde; pero sin dinero nadie quería
hacerlo. Volvieron a casa, lloró él, lloró la mujer, se
desesperaron los dos por no tener bienes de fortuna, y cuando se
calmaron un poco, cogió el viejo a su hijo y otra vez se
marcharon ambos a la ciudad cercana. Cuando llegaron a ésta
encontraron en la calle a un hombre desconocido que paró al
campesino y le preguntó:
-¿Por qué
estás tan triste, buen hombre?
-¿Cómo no
he de estarlo? -dijo el padre-. Hemos visitado muchas ciudades,
buscando quien quiera instruir de balde a mi hijo, y no he
podido encontrarlo; todos me piden mucho dinero y yo no lo
tengo.
-Déjamelo a
mí -le dijo el desconocido-. En tres años yo le enseñaré una
profesión muy lucrativa; pero, acuérdate bien: dentro de tres
años, el mismo día y a la misma hora que hoy, tienes que venir a
recogerlo; si llegas a tiempo y reconoces a tu hijo, te lo
podrás llevar; pero si llegas tarde o no lo reconoces, se
quedará para siempre conmigo.
El
campesino se puso tan contento que se olvidó de preguntar sus
señas al desconocido y qué era lo que iba a enseñar a su hijo.
Se despidió de éste, volvió a su casa, y con gran júbilo contó
lo ocurrido a su mujer. No se había dado cuenta de que el
desconocido a quien había dejado su hijo era un hechicero.
Pasaron
tres años; el viejo había olvidado por completo la hora y el día
y no sabía de qué modo salir de este apuro. El día anterior a
aquel en que el campesino tenía que presentarse al hechicero, su
hijo, transformado en un pajarito, voló a la casa paterna, se
situó delante de la cabaña, y dando un golpe en el suelo con una
patita volvió a su estado primitivo y entró en la casa hecho un
joven guapísimo. Saludó a sus padres y les dijo:
-¡Padre!
Mañana es el día en que tienes que venir a buscarme, pues se
cumplen los tres años de mis estudios, cuida de no olvidarlo. Y
le explicó a qué sitio tenía que ir y cómo podría reconocerlo.
-Mi maestro
tiene en casa otros once jóvenes discípulos, los cuales se han
quedado para siempre con él porque sus padres no llegaron a
tiempo para llevárselos o no han sabido reconocerlos; si a ti te
sucediese lo mismo no tendría más remedio que quedarme toda la
vida con él. Mañana, cuando llegues a casa del maestro, él nos
presentará a los doce jóvenes transformados en doce palomos
blancos todos exactamente iguales; tú tienes que fijarte, pues
al principio todos volaremos a la misma altura; pero luego yo
volaré más alto que los otros; el maestro te preguntará: «¿Has
reconocido a tu hijo?» Tú señálale el palomo que vuela más alto.
Después -prosiguió el hijo- te presentará doce caballos que
tendrán todos el mismo pelo, las mismas crines y la misma
alzada; fíjate bien en que todos estarán muy tranquilos menos
yo, que me moveré y golpearé el suelo con la pata izquierda. El
maestro te repetirá la pregunta de antes y tú, sin titubear,
señálame a mí. Después de esto -siguió el hijo- aparecerán ante
ti doce guapos jóvenes todos de la misma estatura, del mismo
color de pelo, con la misma voz, y estarán vestidos y calzados
todos iguales. Fíjate bien entonces en que se posará en mi
mejilla derecha una mosca pequeñita; ése será el signo por el
que podrás reconocerme.
Se despidió de
sus padres, dio un golpe en el suelo, y al instante se volvió a
transformar en un pajarito, que se fue volando a casa de su
maestro.
Por la
mañana el padre se levantó temprano y se fue en busca de su
hijo. Cuando se presentó delante del hechicero, éste le dijo:
-He
enseñado a tu hijo durante tres años toda la ciencia que yo sé;
pero si tú no le reconoces se quedará conmigo para siempre.
Después
soltó doce palomos todos blancos que no se diferenciaban en
nada. El hechicero dijo entonces al padre:
-Dime cuál
es tu hijo.
-¿Cómo
quieres que lo reconozca cuando todos son iguales? -exclamó el
padre.
Pero de
pronto uno de los palomos empezó a volar más alto que los demás,
y el padre, entonces, reconoció en él a su hijo.
-Bien,
hombre. Esta vez has reconocido a tu hijo -dijo el hechicero.
A los pocos
minutos aparecieron ante ellos doce caballos, los cuales tenían
el mismo pelo, las mismas crines y la misma alzada. El padre
empezó a caminar alrededor de ellos sin poder reconocer a su
hijo, cuando uno de los caballos golpeó el suelo con la pata
izquierda; el padre en seguida señaló al caballo, diciendo al
hechicero:
-Ése es mi
hijo.
-Tienes
razón, viejo -repuso el hechicero.
Por último,
se presentaron ante sus ojos doce jóvenes guapísimos; tenían
todos la misma estatura, el pelo del mismo color, la misma voz y
estaban vestidos y calzados del mismo modo. El campesino se fijó
bien en ellos, pero esta vez no podía reconocer a su hijo; pasó
por delante de ellos dos veces, y por fin vio posarse una
mosquita sobre la mejilla derecha de uno de los jóvenes. El
padre, lleno de júbilo, lo señaló al hechicero, diciéndole:
-Maestro,
ése es mi hijo.
-Lo has
reconocido; pero no eres tú el sabio astuto, sino que el astuto
es tu hijo.
El padre,
contentísimo y seguido del hijo, se marchó a su casa. No se sabe
cuánto tiempo caminaron; los cuentos se cuentan pronto, pero en
la realidad las cosas ocurren mucho más despacio. En su camino
encontraron a unos cazadores que estaban discutiendo, y mientras
tanto, una zorra aprovechaba la ocasión para huir de ellos.
-Padre
-exclamó el hijo-, yo me transformaré en perro de caza, cogeré a
la zorra, y cuando los cazadores quieran quitármela tú les
dirás: «Señores cazadores, con este perro yo me gano la vida.»
Ellos querrán comprarte el perro y te ofrecerán por él una buena
cantidad de dinero; tú véndeme, pero conserva el collar y la
correa.
Al instante se
transformó en perro de caza y cogió a la zorra. Los cazadores se
pusieron a gritar al viejo campesino, diciéndole:
-¿Por qué,
viejo, has venido aquí a molestarnos y robarnos nuestra presa?
-Señores
cazadores -respondió el viejo-, yo no tengo más que este perro,
con el cual me gano la vida.
-¿Quieres
vendérnoslo?
-Compradlo
-¿Cuánto quieres
por él?
-Cien
rublos.
Los
cazadores, sin decir una palabra más, le pagaron al viejo los
cien rublos, y al ver que éste le quitaba al perro
el collar y la
correa, dijeron:
-¿Para qué
necesitas tú el collar y la correa?
-Por si se
me rompen las correas de mis abarcas tener con qué componerlas.
-Bueno,
cógelos -le dijeron, y ataron al perro con un cinturón, arrearon
sus caballos y se marcharon.
Al poco
rato vieron otra zorra y soltaron a sus perros; pero éstos, por
más que corrieron no la pudieron coger. Uno
de los
cazadores dijo a sus compañeros:
-Amigos, soltad
el perro que acabamos de comprar.
Lo
soltaron, pero no tuvieron casi tiempo de verlo; la zorra corría
por un lado y el perro desapareció por el otro, y
llegó donde se
había quedado el viejo, dio un golpe en el suelo, y al instante
se transformó en el guapo mozo de antes.
El padre y el
hijo continuaron su camino; llegaron a un lago y vieron a otros
cazadores que cazaban patos grises.
-Mira,
padre -le dijo su hijo-, mira cuántos patos vuelan. Voy a
transformarme en halcón para coger y matar a los patos; entonces
los cazadores empezarán a amenazarte para que les dejes cazar en
paz, y tú diles: «Señores cazadores, yo no
tengo más que
este halcón que me ayuda a ganar el pan de cada día.»
Ellos entonces
querrán comprarte el pájaro, y tú se lo venderás, pero acuérdate
bien de no darles las correítas que sujetan
las patas.
Se transformó
en un magnífico halcón que voló con gran rapidez a una gran
altura, y desde allí se precipitó sobre la
manada de patos,
hiriendo y matando tantos que su padre reunió en seguida un
montón de caza.
Cuando los
cazadores vieron un halcón tan prodigioso se acercaron al viejo
y le dijeron:
-¿Por qué has
venido aquí a quitarnos y estropearnos nuestra caza?
-Señores
cazadores, no tengo más que este halcón, con la ayuda del cual
me gano la vida.
-¿Quieres
vendérnoslo?
-Compradlo.
-¿Cuánto quieres
por él?
-Doscientos
rublos.
Los cazadores
le pagaron el dinero y se quedaron con el pájaro; pero el viejo
le quitó las correas que sujetaban las patas.
-¿Por qué se
las quitas? -preguntaron los cazadores-. ¿Para qué te pueden
servir?
-Yo camino
mucho, y con frecuencia se me rompen las correas de mis abarcas,
y éstas me podrán servir para reemplazar
las rotas.
Los cazadores,
no queriendo entrar en discusiones, le dejaron las correas y se
marcharon con el halcón en busca de caza. Al poco tiempo voló
hacia ellos una manada de gansos.
-¡Compañeros,
soltad pronto el halcón! -gritó uno de los cazadores.
Lo
soltaron, y éste voló con gran rapidez y se elevó a una gran
altura sobre la manada de gansos, pero continuó volando más allá
en busca del viejo, hasta que le perdieron de vista. Encontró a
su padre, dio un golpe en el suelo y volvió a su verdadero ser.
De este
modo llegaron los dos a su casa con los bolsillos llenos de
dinero. Llegó el domingo, y el hijo dijo al padre:
-Padre, hoy
me transformaré en un caballo; tú me venderás, pero acuérdate
bien de no vender la brida, porque si la vendes no podré volver
más a casa.
Dio un
golpe con un pie en la tierra y se transformó en un magnífico
caballo, que el padre llevó a la feria para venderlo.
Apenas
llegó, muchos compradores rodearon al caballo, ofreciendo cada
vez más dinero; el hechicero, que estaba allí entre los
compradores, ofreció al viejo un precio más elevado que los
demás y se quedó con el caballo. El viejo empezó a quitarle la
brida, pero el hechicero le dijo:
-Pero hombre, si
le quitas la brida, ¿cómo quieres que me lo lleve a mi cuadra?
Toda la
gente que estaba presente empezó a murmurar y a decirle:
-No tienes
razón: si has vendido el caballo, has vendido con él la brida.
Como el
viejo no podía nada contra tanta gente, le dejó la brida al
comprador.
El
hechicero se llevó el caballo a su cuadra, lo ató muy bien al
anillo y le puso la cuerda tan corta que el animal se quedó con
el cuello estirado y sin poder llegar al suelo con las patas
delanteras.
-Hija mía
-dijo el hechicero a su hija-, he comprado un caballo que es mi
discípulo último.
-¿Dónde
está? -preguntó ella.
-En la
cuadra.
Corrió a
verlo y tuvo compasión del joven; quiso soltarle un poco la
cabezada y empezó a quitar los nudos y aflojarle la cuerda, y el
caballo a menear la cabeza de un lado a otro hasta que se quedó
suelto, y de un salto escapó de la cuadra y se puso a galopar.
La hija corrió entonces hacia su padre llorando y diciéndole:
-Padre,
perdóname. He cometido una gran falta: el caballo se ha
escapado.
El hechicero
dio una patada en el suelo, se transformó en un lobo gris y
salió corriendo como el viento. Ya estaba muy cerca del caballo
cuando éste llegó a la orilla de un río, dio un golpe en el
suelo y se transformó en un pececito; el lobo dio otro golpe en
el suelo y se tiró al agua en forma de rollo. El pececito
nadaba, nadaba, perseguido por el rollo, y ya le iba a alcanzar,
cuando llegó a la otra orilla, donde unas jóvenes estaban
lavando ropa.
Salió del agua y
se transformó en una sortija de oro que, rodando, fue a parar a
manos de una de las muchachas, hija de un rico mercader, la
cual, apenas vio la sortija, se la puso en el dedo meñique.
Entonces el
hechicero se transformó en hombre y rogó a la joven que le
regalase la sortija. Ella se la dio, pero al quitársela del dedo
se cayó al suelo y se convirtió en muchas perlitas; el hechicero
se transformó en gallo y se puso a comérselas. Mientras estaba
entretenido en esta operación, una de las perlas se transformó
en un buitre que voló muy alto, y de un golpe se tiró al suelo
sobre el gallo y lo mató.
Se
convirtió entonces el buitre en el joven que conocemos, del cual
se enamoró la hija del mercader. Se casaron y vivieron muchos
años felices y contentos.
El laúd de
plata
Después que los
Reyes Católicos conquistaron Granada a los moros, esa hermosa
ciudad fue durante muchos años residencia habitual de los
soberanos españoles.
Pero una serie
de terremotos asoló la región, derribando muchos edificios, con
lo cual cundió el pánico entre los habitantes y los monarcas
decidieron
abandonar aquel
lugar que consideraban peligroso, seguidos, naturalmente, por
toda la Corte.
Así
transcurrieron muchos, muchos años, sin que ningún personaje
real pisara la ciudad. La Alhambra, aquella maravilla mora,
quedó sumida en el más completo
abandono, y la
famosísima Torre de las Infantas, que en otro tiempo habitaran
las bellísima Zaida, Zoraida y Zorahaida, se convirtió en el
refugio de arañas,
murciélagos y
lechuzas, y sus cámaras y aposentos perdieron todo su brillo,
así como sus jardines todo su esplendor.
Claro que al
abandono de la Torre contribuían sin duda las muchas leyendas
que sobre ella se contaban, siempre al oído y en voz baja. Se
decía que, a menudo,
por las noches
se encendía una luz en la que fue habitación de la más pequeña
de las tres princesas, y el espíritu de la tímida y dulce
Zorahaida se paseaba
por los pasillos
y por las escaleras, sentándose en ocasiones a llorar su soledad
y pulsando en otras su laúd de plata, al que arrancaba dulces y
nostálgicas
notas.
El tiempo, sin
embargo, hizo borrar todos los recuerdos. Y un buen día, el
entonces rey de España, Felipe V, el primero de la dinastía de
los Borbones,
decidió pasar
una temporada en Granada, en compañía de su joven y bella esposa
la reina Isabel, princesa italiana de la casa de Parma, célebre
no sólo
por su
hermosura, sino también por su elegancia y su espíritu cultivado
y refinado.
Los obreros
realizaron a toda prisa su trabajo y pronto la Alhambra volvió a
resplandecer como en sus mejores tiempos, para dar la bienvenida
a la real
pareja. Y el
redoble de os tambores y los sones de las trompetas anunciaron
con alegría la llegada de la comitiva regia, mientras los
aposentos y las estancias
se llenaban con
el rumor de las voces de los cortesanos, el crujir de las sedas
de los trajes de las damas y las pisadas de los guardias,
mientras en los
patios se oía el
ruido de las armas y el piafar de los caballos.
Entre el séquito
real habla un paje que se llamaba Ruiz de Alarcón. Era joven,
contaba sólo dieciocho años, y era de noble cuna, descendiente
de una aristocrática
y linajuda
familia. Además, era muy inteligente y avispado, y a esas
cualidades se unía también un físico muy agradable por todo lo
cual se había convertido
en el paje
favorito de la reina Isabel.
¡Y grandes
habían de ser en verdad su inteligencia, su gracia y su belleza,
para merecer la particular atención de la soberana que, como ya
dijimos, poseía
un espíritu
culto y refinado, y habiendo tantos otros pajes jóvenes y de
noble cuna en la corte!
Una mañana, se
hallaba el paje paseando por los alrededores de la Alhambra,
adiestrando al halcón favorito de la reina, cuando vio a un
pájaro que se elevaba
hacia el cielo
desde las ramas de un árbol próximo.
El paje lanzó el
halcón en persecución de la avecilla, pero ésta, con gran
astucia, consiguió escapar mientras el halcón, satisfecho sin
duda de sentirse
en libertad,
siguió volando tranquilamente. Al fin se posó en las altas
almenas de una torre que se levantaba en el extremo de las
murallas de la Alhambra.
El paje
experimentó un gran sobresalto, porque sabía que la reina le
reprendería muy severamente si regresaba sin su halcón
preferido. Incluso, por ese
incidente, podía
perder el favor real. Por eso se apresuró a llegar al pie de la
torre, que no era otra que la famosísima Torre de las Infantas.
Descendió
al barranco y
subió después por el otro lado, pero no vio ninguna puerta ni
ventana lo suficientemente baja por la que poder penetrar.
Sin embargo,
estaba decidido a penetrar en la torre, y dio un gran rodeo por
el lado que daba al interior de las murallas.
En aquella parte
descubrió un pequeño jardín, rodeado de un cerco de cañas, por
las que subían deliciosas y frescas enredaderas.
Decidido, cruzó
un portillo y llegó hasta la puerta, pasando entre macizos de
rosas y otras flores, que llenaban el aire con sus perfumes.
Comprobó que
la puerta estaba
cerrada, pero, por una hendidura en la madera, pudo ver el
interior, que le asombró por lo bien cuidado y por el encanto
que de él se
desprendía.
La puerta se
abría sobre un saloncito de estilo moro, de paredes muy blancas
y adornadas con finas columnas. En el centro había una
hermosísima fuente de
alabastro,
rodeada de flores; a un lado se veía una jaula en la que se
hallaba encerrado un pájaro, mientras, en una silla, dormitaba
un gato que llevaba
un primoroso
lazo rosa atado al cuello, junto a un cesto de labor femenina.
Allí podían verse ovillos de seda de distintos colores; y,
apoyada en el respaldo
de la silla, una
guitarra.
Al punto
acordóse Ruiz de Alarcón de las muchas leyendas que, desde que
estaba en Granada, le habían contado acerca de princesas moras y
otros cuentos maravillosos.
¿Sería quizá
aquel gato una princesa hechizada por un mago envidioso de su
belleza...? Pero al punto se rió de sus pensamientos y llamó
suavemente a la
puerta.
Nadie contestó a
la llamada. Sólo, por un instante, le pareció que un rostro de
mujer se asomaba a una de las ventanas que se abrían encima de
la puerta.
Pero fue tan
corto ese instante, que casi no podía asegurar si la fugaz
visión había sido fruto de su imaginación.
Por eso, viendo
que transcurría el tiempo sin que ningún rumor llegase del
interior, repitió la llamada, esta vez con mayor fuerza. Y de
nuevo apareció
el rostro de
mujer en aquella ventana, y esta vez el paje pudo convencerse de
que era realidad, y que pertenecía a una joven que apenas
tendría quince
años y de
belleza excepcional.
El paje Ruiz de
Alarcón, sobreponiéndose a la impresión que la hermosura de la
joven le había hecho, se quitó el gorro de plumas que llevaba y,
con él en
la mano, hizo
una graciosa reverencia.
- Perdonadme si
os molesto, bella doncella, pero necesito que me permitáis
entrar en la torre, para recoger un halcón que se ha posado en
sus almenas.
- Imposible,
señor -contestó la muchacha con dulce y encantadora voz-. Mi
tía, con quien vivo, me tiene prohibido que abra la puerta a
desconocidos.
- Por favor, os
lo suplico, no desentendáis mi ruego. Soy uno de los pajes
reales y ese halcón que se me ha escapado es el favorito de la
reina. ¡No me
atrevo a
regresar a palacio sin llevarlo conmigo!
- ¡Oh, señor! Si
sois uno de esos caballeros de la corte, aún menos puedo
permitiros la entrada. Mi tía me ha advertido especialmente en
contra de ellos.
- Y lo
comprendo, porque existen malos caballeros, por desgracia. Pero
yo no soy de esos, fijaos en mí: soy un sencillo paje, que
perderá el favor de la
reina y puede
verse sumido en la desventura, si vos seguís negándome ese
pequeño favor que con tanta humildad os solicito.
Por fin, el
bondadoso corazón de la muchacha, se conmovió ante tantas
súplicas y terminó abriendo la puerta al paje. ¡Eran tan amables
sus palabras, tan
educado su
gesto, que no podía creer que fuese uno de los caballeros contra
los que su tía la había prevenido! ¡No, imposible! ¿Cómo podía
ser malo un
muchacho tan
gentil, tan amable...?
Cuando Ruiz de
Alarcón vio a la muchacha ante él, después qué ella le hubo
abierto la puerta, quedó todavía más admirado ante su belleza.
Porque si perfecto
y encantador era
su rostro, aún más lo era su figura, y su andar grácil y suave
le añadía un nuevo encanto.
«¡Es más hermosa
que la más hermosa dama de la corte!», pensó el paje.
Y en efecto, el
traje andaluz que llevaba la muchacha le prestaba una, gracia
que no podían igualar las mejores telas ni los brocados más
valiosos, así
como su pelo,
cuidadosamente peinado y adornado con una rosa fresca y
fragante, resultaba mucho más encantador que con los tocados más
complicados o ricos.
Claro está que
el paje apreció todos esos detalles en una sola ojeada. Le
convenía apresurarse si quería coger el halcón. Y así, tras una
breve inclinación
ante la
muchacha, subió a toda velocidad las escaleras de la torre.
Cuando bajó, con
el pájaro en la mano, encontró a la joven sentada en el
saloncito de estilo moro, devanando una madeja de seda azul.
Pero en su turbación
al verle de
nuevo ante ella, el ovillo se le escapó de las manos, yendo a
caer a los pies del paje.
Ruiz de Alarcón
se apresuró a recogerlo, y doblando una rodilla en tierra, como
si de una reina o de una princesa hija de reyes se tratara, se
lo ofreció
con una sonrisa.
Al punto aumentó
la turbación de la muchacha, turbación que se convirtió en enojo
cuando el paje depositó un beso en la mano que ella le tendía
para recoger
el ovillo.
- ¡Por favor,
señor, os creía un caballero de bien! -exclamó.
- No os
molestéis, hermosa doncella. En la corte, todos los caballeros
bien nacidos besan la mano de las damas, como testimonio de su
más profundo respeto
y homenaje -se
apresuró a explicar el joven Ruiz de Alarcón.
Así se
tranquilizó de nuevo la muchacha, aunque seguía mostrándose
turbada por la presencia del paje. Y ese, a su vez, a pesar de
lo acostumbrado que estaba
a los galanteos
de la corte y a pesar de ser inteligente y avispado, se sentía
también turbado ante el juvenil, fresco e inocente encanto de
aquella hermosa
jovencita.
Entonces, de
pronto, cuando ya ambos comenzaban a hablar con menos cortedad,
se oyó a lo lejos una voz que sobresaltó a la joven.
- Apresuraos,
marchad enseguida, señor -exclamó-. ¡Marchad, os lo ruego, lo
más rápidamente que podáis! Mi tía vuelve de misa, y se enojaría
y me reñiría
mucho si os
encontrase aquí.
- Entregadme, os
lo ruego, ésa flor que lleváis en el pelo. No quiero marcharme
sin llevarme un recuerdo de vos. De lo contrario, quizá mañana
pensara que
vuestra hermosa
imagen fue sólo un sueño, fruto de mi imaginación.
Separó ella la
flor que adornaba sus negras trenzas y se la entregó.
- Tomadla
-dijo-. Pero no os entretengáis, por favor.
Y el paje se
apresuró a partir, después de haber prendido la rosa en su cinto
y no sin antes volver a besar la mano de la encantadora Jacinta,
que así se
llamaba la
muchacha.
Cuando la tía
llegó a la torre, advirtió que su sobrina estaba agitada, y se
apresuró a preguntarle qué le sucedía.
- Durante
vuestra ausencia, tía, penetró un halcón en la torre -dijo
Jacinta.
- ¡Qué atrevido!
¿Es que nuestro pobre pajarito no podrá estar tranquilo, ni aun
dentro de su propia jaula...?
Fredegunda, la
tía de Jacinta, era una solterona que, por sus muchos años y por
haber vivido sola durante mucho tiempo, sentía una gran
desconfianza y animadversión
hacia todas las
personas desconocidas, en especial si eran hombres, y más aún si
eran caballeros de la corte, porque acerca de ellos había oído
contar
muchas
historias.
Y ahora su
desconfianza y sus continuos temores habían aumentado, al tener
en su casa a su sobrina, huérfana de un noble oficial que murió
en la guerra.
Jacinta se había
educado en un convento, y siendo huérfana también de madre,
terminada su educación había pasado a vivir con su tía, la cual,
precisamente
por lo mucho que
la quería, se sentía responsable de cuanto pudiera sucederle.
¡Apenas si le permitía salir de la casa una o dos veces a la
semana, y siempre
en su compañía,
naturalmente, y aun para ir a la iglesia!
Pero las buenas
gentes de los alrededores, al verla, habían quedado prendadas de
su gracia y hermosura, hasta el punto que los campesinos, con
esa imaginación
poética tan
generalizada entre los andaluces, le habían dado el sobrenombre
de «La rosa de la Alhambra», y acerca de su belleza y encanto se
hablaba en
varias leguas a
la redonda.
Esa explicación
sobre el halcón, que su sobrina le dio, tranquilizó por completo
a la buena señora. Y aunque desde aquel día oía a menudo rasgueo
de guitarras
en las frondas
que rodeaban su casa, jamás pensó que las canciones,
sentimentales en ocasiones, nostálgicas o románticas en otras,
iban dedicadas a Jacinta.
Pero así era en
realidad.
El paje Ruiz de
Alarcón no había olvidado a la muchacha. Y aunque ya no volvió a
hablar con ella, se las ingeniaba para verla, aunque fuese desde
lejos,
y siempre que
podía se acercaba a su casa para cantarle dulces canciones, que
llenaban de ilusión y de felicidad el tímido corazón de Jacinta.
Los días pasaban
sin que los dos jóvenes se dieran cuenta. Y el tiempo empezó a
tejer ilusiones y esperanzas en sus corazones, que no querían
reconocer
el abismo social
y jerárquico que les separaba.
Pero un día los
monarcas decidieron dar por terminada su estancia en Granada. Y
rápidamente se organizó la partida, que Fredegunda, curiosa,
quiso ver,
para lo cual
dejó a su sobrina sola en la casa, no sin recomendarle, como
siempre hacía, que no abriera la puerta a desconocidos.
Cuando ya todo
el cortejo real hubo traspuesto las puertas de la ciudad, entre
los aplausos de la multitud, que había colgado gallardetes y
banderas en
todos los
balcones y ventanas, y entre redobles de tambores y sones de
trompetas, la buena mujer regresó a su casa.
Pero, ¡cuál no
fue su asombro al advertir que un hermoso caballo árabe piafaba
inquieto, atado en el portillo de su propia casa, mientras en el
jardín,
un apuesto
joven, vestido con el uniforme de los pajes reales, estaba
arrodillado a los pies de su sobrina que, al parecer, le
escuchaba con gran complacencia,
encendidas de
rubor las mejillas...
El alazán, como
si quisiera advertir a su amo de la presencia de la tía, lanzó
un fuerte relincho y al punto el paje se levantó y, no sin antes
posar delicadamente
sus labios sobre
la blanca mano de Jacinta, saltó sobre su caballo desapareciendo
velozmente entre los árboles.
Fredegunda se
disponía a reñir severamente a su sobrina, pero la muchacha se
adelantó a su reprimenda, refugiándose en sus brazos, lanzando
profundos sollozos,
mientras
ardientes lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
- Se ha ido,
tía, se ha ido. ¡Jamás, jamás volveré a verle y mi corazón se
morirá! -exclamaba, acongojada.
- Pero, ¿qué
dices...? ¿De quién hablas...? ¿Y qué noticias te trajo ese
joven que hace un momento estaba arrodillado a tus pies, para
que así te desconsueles
y aflijas?
Vamos, vamos, hijita, cálmate y cuéntamelo todo...
- ¡Es él quien
se ha marchado! Ese paje que hace un momento visteis arrodillado
a mis pies, pertenece al séquito real y por eso ha tenido que
marcharse
con los reyes...
- ¿Y de qué
conoces tú a ese paje...?
Jacinta se
ruborizó, pero contó a su tía cómo había llegado a la casa,
persiguiendo al halcón.
- No existen
halcones más peligrosos que los caballeros del rey. Igual que
ese paje ha hecho contigo, hacen concebir ilusiones a las
jóvenes cándidas y
después, cuando
se marchan, las olvidan en pocas horas. No sufras, Jacinta.
Olvídale también tú.
- Me ha
prometido volver para casarse conmigo. Pero antes necesita que
su padre dé el consentimiento para la boda... -afirmó Jacinta,
en cuyos oídos resonaban
todavía las
promesas que Ruiz de Alarcón acababa de pronunciar.
- ¡No sueñes,
sobrina, no sueñes! Tú eres una pobre huérfana, y aunque
desciendas de noble familia, el padre de ese joven se opondría
sin duda a la boda...,
aun en el caso
de que él la deseara.
Jacinta no
insistió, porque su corazón se aferraba a la esperanza. Sin
embargo, al paso de los días, esa esperanza fue cada vez más y
más débil. Después,
los días se
fueron transformando en semanas, y las semanas en meses... sin
que recibiera ninguna noticia del paje.
Llegó el otoño,
con todo su cortejo melancólico, y después el invierno, que hizo
bajar casi hasta el valle las nieves de la Sierra. Y también
pasó el invierno
y se anunció con
alegría la primavera en las flores, en los jardines, en el
cielo, en la ciudad toda... mientras en el corazón de Jacinta
seguía siendo
invierno y la
muchacha estaba cada día más pálida, cada día más triste...
Ya no la
interesaban sus labores, ni la distraía el melodioso canto del
pájaro en su jaula, ni la entretenían los jugueteos del gato que
ronroneaba a sus
pies. Y tampoco
tañía nunca la guitarra, que era antes su pasatiempo favorito.
Una calurosa
noche, cuando hacía ya rato que su tía dormía apaciblemente, la
muchacha, desvelada, se sentó junto a la fuente y allí evocó una
vez más el
recuerdo de
aquella inolvidable mañana, en la que hasta ella había llegado
el paje Ruiz de Alarcón, en pos del halcón.
También evocó
aquella otra mañana, tan triste, en la que se despidió, y las
promesas que entonces le hizo. Promesas que no se habían visto
cumplidas...
Tan desdichada
se sentía la pobre Jacinta, que las lágrimas brotaron de sus
ojos y, corriendo por sus mejillas, cayeron sobre la fuente.
Poco a poco, las
tranquilas aguas de la fuente comenzaron a agitarse y a
burbujear, cada vez con mayor intensidad. Cuando Jacinta lo
advirtió, se sintió
presa de un
extraño temor, que aumentó cuando, saliendo de entre las aguas,
fue apareciendo ante su vista la figura de una joven de
extraordinaria belleza
y ricamente
ataviada a la usanza mora.
Desconcertada
ante aquella aparición, echó a correr y se encerró en su
habitación, muy nerviosa y agitada. Y a la mañana siguiente se
lo contó a su tía.
Pero Fredegunda
lo juzgó simple imaginación.
- Seguro que te
quedaste dormida mientras pensabas en la historia de las tres
princesas moras que antaño habitaron esa torre -le dijo.
- ¿De qué
historia habláis, tía? No recuerdo ninguna historia de tres
princesas moras... -afirmó Jacinta.
- Pues estoy
segura de habértela contado hace ya tiempo. Es la historia de
las tres princesas Zaida, Zoraida y Zorahaida, hijas del rey
moro de Granada,
Mohamed. Su
padre las mantuvo durante mucho tiempo encerradas en esa torre
hasta que al fin, un día, ellas decidieron fugarse con tres
caballeros cristianos,
pues cristiana
habla sido también su madre. Pero en el último instante, la
menor, que era extraordinariamente tímida y apocada, sintió
miedo y se quedó
en la torre,
donde murió de nostalgia poco tiempo después. Durante muchos
años las gentes afirmaron que su espíritu seguía habitando la
torre...
- Sí, ahora
recuerdo perfectamente la historia -dijo Jacinta-. Y recuerdo
también que cuando me la contasteis, tía, lloré pensando en la
suerte de la pobre
princesa
Zorahaida.
-No me extraña
que llorases -siguió diciendo Fredegunda-, porque el caballero
cristiano con el que Zorahaida no llegó a fugarse, fue
precisamente un antepasado
tuyo, que ya de
regreso, a su país, aunque muy acongojado al principio, fue poco
a poco reponiéndose de su tristeza y terminó casándose con una
noble dama
española. Y de
ellos desciendes tú.
Aquella
conversación que habla mantenido con su tía, llevó a Jacinta al
convencimiento de que no habla sufrido una alucinación, sino que
realmente se le
habla aparecido
la figura de la princesa Zorahaida.
«Fue una
muchacha dulce y tímida, y no he de temerla. Esta noche volveré
a la fuente a medianoche y quizá se me aparezca de nuevo», se
dijo.
Y así lo hizo.
Hacia la
medianoche, cuando, como el día anterior, su tía dormía ya
profunda y tranquilamente, se sentó en el saloncito de estilo
moro, junto a la fuente.
Y en efecto,
apenas acababan de sonar las doce en el reloj más próximo,
cuando de nuevo burbujearon las aguas y se abrieron, para que de
entre ellas surgiera
la figura de la
hermosa princesa mora, ricamente ataviada, luciendo joyas
valiosísimas y llevando entre las manos un laúd de plata.
Jacinta sintió,
como la noche anterior, un primer impulso de echar a correr y
refugiarse en su habitación. Pero se dominó, al ver cuán triste
era la mirada
de sus bellos
ojos y también al oír su voz dulce y lastimera.
- ¿Cuál es la
pena que te aflige, joven hija de los mortales? -le preguntó-.
¿Por qué lloras? Tus lágrimas turban las aguas, en las que
descansa mi espíritu
encantado, y tus
suspiros y tus lamentaciones me impiden el reposo.
- Lloro y me
aflijo por el abandono y el olvido de un joven paje.
- Tranquilízate
y deja de llorar, hermosa niña. Tus penas todavía pueden tener
remedio. Como sin duda ya sabes, yo soy una princesa mora que,
como tú, lloró
durante mucho
tiempo la pérdida de su felicidad. Pero no por traición u olvido
de mi caballero, sino porque me faltó el valor de abandonar esa
torre. Se
trataba de un
antepasado tuyo, precisamente, y quería llevarme con él a su
tierra, para que allí me bautizara y hacerme después su esposa.
Y yo lo deseaba,
¡oh, sí! Deseaba
ser su esposa, pero aún más deseaba convertirme a la religión
cristiana, que había sido la religión de mi madre. Pero tuve
miedo, ya te
lo dije. Por eso
ahora los genios maléficos tienen poder sobre mí y permaneceré
encantada bajo esas aguas, en tanto una muchacha cristiana,
joven como
yo y de corazón
puro, quiera romper el hechizo. Dime, ¿quieres tú ayudarme?
- Sí, sí, ¡claro
que quiero! -respondió Jacinta, sin la menor vacilación.
- No te
arrepentirás, porque yo a mi vez te ayudaré también con todas
mis fuerzas. Ven, acércate, no temas. Coge agua de esa misma
fuente y con ella bautízame
según ordena tu
religión. Así seré libre, por fin, del hechizo que me encadena
desde hace siglos.
Jacinta obedeció
las indicaciones que le daba la princesa mora y recogiendo un
poco de agua de la fuente, la echó sobre el pálido y bellísimo
rostro de
aquella
espectral figura, mientras pronunciaba las palabras
sacramentales.
Al punto, aquel
rostro pálido adquirió todavía una mayor belleza, porque se
llenó de dulzura y paz. Dejando caer el laúd de plata a los pies
de la muchacha
andaluza, cruzó
los brazos sobre el pecho y, lentamente, se fue difuminando en
la noche.
Jacinta, trémula
y llena de asombro, abandonó corriendo el saloncito y se encerró
en su habitación. Pero aquella noche apenas pudo dormir. Sus
sueños estaban
poblados de
pesadillas y de figuras que aparecían y desaparecían. Por fin, a
la mañana siguiente, lucía de nuevo el sol en todo su esplendor
y ella se
apresuró a
levantarse, para ir al salón y comprobar si realmente había
podido salvar a la princesa mora de su encantamiento, o todo
habla sido un sueño.
Al llegar, el
laúd de plata, apoyado contra una de las columnas de la fuente
de alabastro, le demostró la realidad de lo sucedido. Entonces
fue en busca
de su tía,
apresurándose a contarle todo lo que había pasado y, como
confirmación a sus palabras, le mostró el laúd de plata, con lo
cual la buena señora
tuvo que
admitirlas como ciertas.
Entonces Jacinta
pulsó con mano trémula aquel bellísimo instrumento y el asombro
de ambas creció al advertir que la música que salía de sus
cuerdas, era
dulcísima y
embriagadora.
- ¡Ese laúd es
algo extraordinario! -exclamó Fredegunda, llena de admiración.
A partir de
aquel día, Jacinta, aunque seguía recordando a su paje, sintió
que su pena se suavizaba y la nostalgia huía de su corazón en
cuanto pulsaba
el laúd. Por eso
lo tocaba muchas horas cada día, sin advertir que sus notas
maravillosas hacían detenerse frente a la Torre a cuantas
personas pasaban
por las
cercanías, hasta el punto de que la fama de la bella Jacinta y
su extraordinario laúd de plata, fue extendiéndose por toda la
comarca. ¡Incluso
los pájaros
cantores y de más armonioso trino, callaban para escucharla!
Pronto no fueron
sólo los habitantes de Granada los que se extasiaron con la
música de Jacinta. Su fama llegó a muchas otras ciudades y de
todas partes
comenzaron a
acudir caballeros y damas, que deseaban oírla y que incluso le
rogaban que acudiera a sus palacios cuando celebraban alguna
fiesta, para deleite
de los
invitados. Y así fue como Jacinta salió por fin de su retiro,
aunque siempre acompañada por su tía y recorrió palacios y
ciudades, aldeas y mansiones
señoriales,
siendo festejada y honrada por todos.
Málaga, Córdoba,
Sevilla, Almería..., todas las ciudades la acogieron con alegría
y la llenaron de elogios. Muchos caballeros principales la
pidieron en
matrimonio. Pero
ella no hacía caso de ninguno. Aunque, como ya dijimos su
tristeza y su melancolía habían desaparecido, gracias a la
poderosa virtud de
la música del
laúd de plata, su corazón seguía fiel al paje que la había
olvidado y no podía interesarse por nadie más.
Precisamente por
aquellos tiempos, el rey Felipe V fue presa de una extraña
enfermedad que los médicos se sentían incapaces de aliviar. El
monarca sufría
unas jaquecas
muy extrañas, que le sumían en un profundo sopor, y se pasaba
días enteros sin interesarse por los asuntos del reino ni por
ninguna otra
cosa. Sólo
parecía experimentar algún alivio oyendo música y por eso la
reina había contratado los servicios del mejor grupo
instrumentista del mundo,
así como también
los del cantante italiano Farinelli.
Hasta que un
día, después de una jaqueca, más fuerte que todas las
anteriores, que le había tenido casi inconsciente durante largas
horas, el rey fue presa
de una manía que
le hacía afirmar que se había muerto y reñía a sus cortesanos y
a sus médicos, porque no se apresuraban a darle sepultura.
Lo mismo la
reina que los ministros estaban desconcertados y no sabían qué
hacer. ¡La autoridad del rey era máxima y todo el mundo le debía
obediencia!
Pero, ¿cómo
podían ellos cumplir esa orden, si no estaba muerto, sino
vivo...? La reina, sobre todo, que amaba entrañablemente a su
regio esposo, se pasaba
las noches en
vela, tratando de encontrar una fórmula para solucionar tan
delicado problema, mientras emisarios suyos recorrían todos los
países, en busca
de los mejores
médicos, confiando siempre que alguno lograrla por fin curar al
rey.
Hasta que
alguien habló a la reina de las maravillosas virtudes de la
música que ejecutaba una joven andaluza. Como es de suponer, al
punto se enviaron
emisarios en su
busca, con el ruego de presentarse en la corte lo más
rápidamente posible y así, pocos días después, la bella Jacinta,
acompañada de su
tía, traspasó la
puerta real, siendo recibida por la soberana.
Isabel quedó muy
sorprendida al comprobar personalmente la belleza y el encanto,
así como también la juventud de la muchacha, y cuando Fredegunda
le explicó
que, aunque
había vivido humildemente durante su infancia, sus antepasados
fueron todos de noble cuna y su padre había muerto peleando
valientemente en
defensa del rey,
se sintió muy complacida.
- Si la fama de
que vienes precedida es cierta -dijo entonces la reina
dirigiéndose a la muchacha- y si con tu música consigues aliviar
al rey de sus extraños
males, en
adelante quedarás bajo mi protección y te colmaré de honores y
riquezas.
Y ya sin perder
más tiempo, deseosa de comprobar el efecto de la música de
Jacinta sobre el espíritu del rey, se apresuro a conducirla
personalmente hasta
la cámara real.
La hermosa
Jacinta se quedó muy impresionada al entrar en la cámara. Porque
por orden expresa del rey, que nadie se había atrevido a
desobedecer, su cámara
había sido
adornada con inmensos cortinajes negros y alumbrada con altos
velones de cera amarilla, todo lo cual contribuía a darle un
aspecto tétrico.
En el centro,
había una especie de lecho o catafalco, también completamente
cubierto con colgaduras negras, y sobre el cual reposaba inmóvil
y con las
manos cruzadas
sobre el pecho, el rey.
La reina, al
entrar, hizo señas a los caballeros que había en la estancia de
que no hicieran el menor ruido y después indicó a Jacinta un
taburete bajo
que había en un
rincón, haciéndole comprender su deseo de que se sentara y
comenzara en seguida a tocar su laúd de plata.
La muchacha
estaba tan nerviosa y emocionada, que al principio sus dedos se
movieron vacilantes pero, poco a poco, su mano se fue afirmando
y pronto arrancó
de las cuerdas
armonías tan suaves, tan perfectas y tan maravillosas, que todos
los presentes se sintieron transportados al reino de la música.
Al principio
el rey no se
movió. Aquella música suave y dulce, le hizo pensar quizá que se
encontraba ya en el cielo y que eran los ángeles los que así
tocaban. Sin
embargo, una
sonrisa plácida apareció en su rostro, lo cual llenó de
esperanzas el corazón de la reina.
Después de haber
tocado varias piezas melódicas y suaves, Jacinta inició la
ejecución de una balada, que exaltaba las glorias de la Alhambra
y las victorias
de los valientes
soldados españoles frente a los no menos valientes guerreros
moros. Y el recuerdo de la Alhambra iba tan unido al del paje
Ruiz de Alarcón,
que la muchacha
pulsó las cuerdas con toda su alma y las notas vibrantes, llenas
de sentimiento, llenaron por completo la estancia, sobrecogiendo
a todos
los
presentes..., ¡y el propio rey se levantó de un salto, ordenando
impaciente que al punto le trajeran su espada y su escudo, y
abrieran las ventanas
de la
habitación, para que por ellas entrara el sol y el aire!
¿Es preciso
decir que aquella orden del monarca fue recibida con agrado por
todos los presentes...? Mientras varios criados se apresuraban a
ejecutarla,
la reina,
vivamente emocionada y con lágrimas en los ojos, abrazaba a su
esposo quien, a su vez, la abrazó también con gran ternura,
afirmando que se encontraba
bien.
Después de ese
primer momento de alegría, todos se volvieron hacia la artista
que con su laúd de plata había hecho posible esa curación. Y
entonces advirtieron
que, llevada
ella también de la emoción que había conseguido imprimir a su
música, había sufrido un desvanecimiento y hubiese caído al
suelo de no haberla
recogido a
tiempo los fuertes brazos del paje Ruiz de Alarcón.
Cuando se repuso
por fin de su desmayo, el paje, en presencia de la propia reina,
se apresuró a justificarse del aparente olvido en el que la
había dejado.
- Mi padre se
opuso terminantemente a la boda, apenas le hablé de ello
-afirmó-. Durante meses y meses he insistido una y otra vez,
pero todo es inútil.
¡Incluso llegó a
prohibirme por completo que mantuviera ninguna relación contigo!
También quería concertar mi matrimonio con una damisela de alta
alcurnia,
pero eso, ¡no!
Como buen hijo puedo y debo obedecerle, ¡pero jamás me casará
con otra muchacha!
A Jacinta todas
aquellas palabras le parecían un sueño. Y su felicidad aumentó
cuando la reina se decidió a intervenir.
- Ya te dije,
hermosa Jacinta, que si lograbas curar al rey de su melancolía y
de sus manías, te llenaría de honores y riquezas. Pues lo haré,
no lo dudes.
Y serán tantos y
tan alto también el puesto que, a partir de ese mismo instante,
ocuparás en la corte, que el noble padre de mi paje no sólo
admitirá gustoso
vuestra boda,
sino que incluso la deseará con toda su alma.
Y así fue.
Poco tiempo
después se celebró la boda, con gran esplendor y magnificencia y
apadrinada por los propios reyes, con lo cual se inició para
Jacinta y su esposo
una vida llena
de venturas y felicidades.
¿Y el laúd...?
¿Qué fue del laúd de plata...?
Durante algún
tiempo el laúd permaneció en la morada de Jacinta y Ruiz de
Alarcón, pero ellos, en su felicidad, llegaron a olvidarlo. En
realidad, ¿para
qué necesitaban
música alguna, ni canciones, si sus corazones estaban siempre
llenos de alegría...? Y según cuenta la tradición, un día, lo
robó el cantante
Farinelli,
envidioso del poder de aquella música y se lo llevó con él a
Italia, su patria. Pero a su muerte sus herederos, que ignoraban
por completo el
maravilloso
poder, de aquel laúd, lo destruyeron, fundiendo la plata y
entregando las cuerdas a un fabricante de violines de Cremona.
¡Y también se
dice, aunque nadie pueda afirmarlo, que esas fueron las cuerdas
que estaban en el violín que tanta fama dio al gran Paganini!
Las Aventuras de
Alicia en el País de las Maravillas Capítulo 1
Las Aventuras de
Alicia en el País de las Maravillas Capítulo 1 - EN LA
MADRIGUERA DEL CONEJO
Alicia empezaba
ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del
río, sin tener nada que hacer: había echado un par de ojeadas al
libro que
su hermana
estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos. «¿Y de qué
sirve un libro sin dibujos ni diálogos?», se preguntaba Alicia.
Así pues, estaba
pensando (y pensar le costaba cierto esfuerzo, porque el calor
del día la había dejado soñolienta y atontada) si el placer de
tejer una
guirnalda de
margaritas la compensaría del trabajo de levantarse y coger las
margaritas, cuando de pronto saltó cerca de ella un Conejo
Blanco de ojos
rosados.
No había nada
muy extraordinario en esto, ni tampoco le pareció a Alicia muy
extraño oír que el conejo se decía a sí mismo: «¡Dios mío! ¡Dios
mío! ¡Voy
a llegar tarde!»
(Cuando pensó en ello después, decidió que, desde luego, hubiera
debido sorprenderla mucho, pero en aquel momento le pareció lo
más natural
del mundo). Pero
cuando el conejo se sacó un reloj de bolsillo del chaleco, lo
miró y echó a correr, Alicia se levantó de un salto, porque
comprendió de
golpe que ella
nunca había visto un conejo con chaleco, ni con reloj que
sacarse de él, y, ardiendo de curiosidad, se puso a correr tras
el conejo por
la pradera, y
llegó justo a tiempo para ver cómo se precipitaba en una
madriguera que se abría al pie del seto.
Un momento más
tarde, Alicia se metía también en la madriguera, sin pararse a
considerar cómo se las arreglaría después para salir.
Al principio, la
madriguera del conejo se extendía en línea recta como un túnel,
y después torció bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que
Alicia no
tuvo siquiera
tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que
parecía un pozo muy profundo.
O el pozo era en
verdad profundo, o ella caía muy despacio, porque Alicia,
mientras descendía, tuvo tiempo sobrado para mirar a su
alrededor y para preguntarse
qué iba a
suceder después. Primero, intentó mirar hacia abajo y ver a
dónde iría a parar, pero estaba todo demasiado oscuro para
distinguir nada. Después
miró hacia las
paredes del pozo y observó que estaban cubiertas de armarios y
estantes para libros: aquí y allá vio mapas y cuadros, colgados
de clavos.
Cogió, a su
paso, un jarro de los estantes. Llevaba una etiqueta que decía:
MERMELADA DE NARANJA, pero vio, con desencanto, que estaba
vacío. No le pareció
bien tirarlo al
fondo, por miedo a matar a alguien que anduviera por abajo, y se
las arregló para dejarlo en otro de los estantes mientras seguía
descendiendo.
«¡Vaya! », pensó
Alicia. «¡Después de una caída como ésta, rodar por las
escaleras me parecerá algo sin importancia! ¡Qué valiente me
encontrarán todos!
¡Ni siquiera
lloraría, aunque me cayera del tejado!» (Y era verdad.)
Abajo, abajo,
abajo. ¿No acabaría nunca de caer?
--Me gustaría
saber cuántas millas he descendido ya --dijo en voz alta--.
Tengo que estar bastante cerca del centro de la tierra. Veamos:
creo que está
a cuatro mil
millas de profundidad...
Como veis,
Alicia había aprendido algunas cosas de éstas en las clases de
la escuela, y aunque no era un momento muy oportuno para
presumir de sus conocimientos,
ya que no había
nadie allí que pudiera escucharla, le pareció que repetirlo le
servía de repaso.
--Sí, está debe
de ser la distancia... pero me pregunto a qué latitud o longitud
habré llegado.
Alicia no tenía
la menor idea de lo que era la latitud, ni tampoco la longitud,
pero le pareció bien decir unas palabras tan bonitas e
impresionantes. Enseguida
volvió a
empezar.
--¡A lo mejor
caigo a través de toda la tierra! ¡Qué divertido sería salir
donde vive esta gente que anda cabeza abajo! Los antipáticos,
creo... (Ahora
Alicia se alegró
de que no hubiera nadie escuchando, porque esta palabra no le
sonaba del todo bien.) Pero entonces tendré que preguntarles el
nombre del
país. Por favor,
señora, ¿estamos en Nueva Zelanda o en Australia?
Y mientras decía
estas palabras, ensayó una reverencia. ¡Reverencias mientras
caía por el aire! ¿Creéis que esto es posible?
--¡Y qué criaja
tan ignorante voy a parecerle! No, mejor será no preguntar nada.
Ya lo veré escrito en alguna parte.
Abajo, abajo,
abajo. No había otra cosa que hacer y Alicia empezó enseguida a
hablar otra vez.
--¡Temo que Dina
me echará mucho de menos esta noche ! (Dina era la gata.) Espero
que se acuerden de su platito de leche a la hora del té. ¡Dina,
guapa,
me gustaría
tenerte conmigo aquí abajo! En el aire no hay ratones, claro,
pero podrías cazar algún murciélago, y se parecen mucho a los
ratones, sabes.
Pero me
pregunto: ¿comerán murciélagos los gatos?
Al llegar a este
punto, Alicia empezó a sentirse medio dormida y siguió
diciéndose como en sueños: «¿Comen murciélagos los gatos? ¿Comen
murciélagos los
gatos?» Y a
veces: «¿Comen gatos los murciélagos?» Porque, como no sabía
contestar a ninguna de las dos preguntas, no importaba mucho
cual de las dos se
formulara. Se
estaba durmiendo de veras y empezaba a soñar que paseaba con
Dina de la mano y que le preguntaba con mucha ansiedad: «Ahora
Dina, dime la
verdad, ¿te has
comido alguna vez un murciélago?», cuando de pronto, ¡cataplum!,
fue a dar sobre un montón de ramas y hojas secas. La caída había
terminado.
Alicia no sufrió
el menor daño, y se levantó de un salto. Miró hacia arriba, pero
todo estaba oscuro. Ante ella se abría otro largo pasadizo, y
alcanzó
a ver en él al
Conejo Blanco, que se alejaba a toda prisa. No había momento que
perder, y Alicia, sin vacilar, echó a correr como el viento, y
llego justo
a tiempo para
oírle decir, mientras doblaba un recodo:
--¡Válganme mis
orejas y bigotes, qué tarde se me está haciendo!
Iba casi
pisándole los talones, pero, cuando dobló a su vez el recodo, no
vio al Conejo por ninguna parte. Se encontró en un vestíbulo
amplio y bajo, iluminado
por una hilera
de lámparas que colgaban del techo.
Había puertas
alrededor de todo el vestíbulo, pero todas estaban cerradas con
llave, y cuando Alicia hubo dado la vuelta, bajando por un lado
y subiendo
por el otro,
probando puerta a puerta, se dirigió tristemente al centro de la
habitación, y se preguntó cómo se las arreglaría para salir de
allí.
De repente se
encontró ante una mesita de tres patas, toda de cristal macizo.
No había nada sobre ella, salvo una diminuta llave de oro, y lo
primero que
se le ocurrió a
Alicia fue que debía corresponder a una de las puertas del
vestíbulo. Pero, ¡ay!, o las cerraduras eran demasiado grandes,
o la llave era
demasiado
pequeña, lo cierto es que no pudo abrir ninguna puerta. Sin
embargo, al dar la vuelta por segunda vez, descubrió una
cortinilla que no había
visto antes, y
detrás había una puertecita de unos dos palmos de altura. Probó
la llave de oro en la cerradura, y vio con alegría que ajustaba
bien.
Alicia abrió la
puerta y se encontró con que daba a un estrecho pasadizo, no más
ancho que una ratonera. Se arrodilló y al otro lado del pasadizo
vio el
jardín más
maravilloso que podáis imaginar. ¡Qué ganas tenía de salir de
aquella oscura sala y de pasear entre aquellos macizos de flores
multicolores
y aquellas
frescas fuentes! Pero ni siquiera podía pasar la cabeza por la
abertura. «Y aunque pudiera pasar la cabeza», pensó la pobre
Alicia, «de poco
iba a servirme
sin los hombros. ¡Cómo me gustaría poderme encoger como un
telescopio! Creo que podría hacerlo, sólo con saber por dónde
empezar.» Y es
que, como veis,
a Alicia le habían pasado tantas cosas extraordinarias aquel
día, que había empezado a pensar que casi nada era en realidad
imposible.
De nada servía
quedarse esperando junto a la puertecita, así que volvió a la
mesa, casi con la esperanza de encontrar sobre ella otra llave,
o, en todo
caso, un libro
de instrucciones para encoger a la gente como si fueran
telescopios. Esta vez encontró en la mesa una botellita («que
desde luego no estaba
aquí antes»,
dijo Alicia), y alrededor del cuello de la botella había una
etiqueta de papel con la palabra «BEBEDME» hermosamente impresa
en grandes caracteres.
Está muy bien
eso de decir «BEBEDME», pero la pequeña Alicia era muy prudente
y no iba a beber aqtrello por las buenas. «No, primero voy a
mirar», se dijo,
«para ver si
lleva o no la indicación de veneno.» Porque Alicia había leído
preciosos cuentos de niños que se habían quemado, o habían sido
devorados por
bestias feroces,
u otras cosas desagradables, sólo por no haber querido recordar
las sencillas normas que las personas que buscaban su bien les
habían
inculcado: como
que un hierro al rojo te quema si no lo sueltas en seguida, o
que si te cortas muy hondo en un dedo con un cuchillo suele
salir sangre.
Y Alicia no
olvidaba nunca que, si bebes mucho de una botella que lleva la
indicación «veneno», terminará, a la corta o a la larga, por
hacerte daño.
Sin embargo,
aquella botella no llevaba la indicación «veneno», así que
Alicia se atrevió a probar el contenido, y, encontrándolo muy
agradable (tenía,
de hecho, una
mezcla de sabores a tarta de cerezas, almíbar, piña, pavo asado,
caramelo y tostadas calientes con mantequilla), se lo acabó en
un santiamén.
* *
* * * * *
* *
* * * *
* *
* * * * *
--¡Qué sensación
más extraña! --dijo Alicia--. Me debo estar encogiendo como un
telescopio.
Y así era, en
efecto: ahora medía sólo veinticinco centímetros, y su cara se
iluminó de alegría al pensar que tenía la talla adecuada para
pasar por la
puertecita y
meterse en el maravilloso jardín. Primero, no obstante, esperó
unos minutos para ver si seguía todavía disminuyendo de tamaño,
y esta posibilidad
la puso un poco
nerviosa. «No vaya consumirme del todo, como una vela», se dijo
para sus adentros. «¿Qué sería de mí entonces?» E intentó
imaginar qué
ocurría con la
llama de una vela, cuando la vela estaba apagada, pues no podía
recordar haber visto nunca una cosa así.
Después de un
rato, viendo que no pasaba nada más, decidió salir en seguida al
jardín. Pero, ¡pobre Alicia!, cuando llegó a la puerta, se
encontró con que
había olvidado
la llavecita de oro, y, cuando volvió a la mesa para recogerla,
descubrió que no le era posible alcanzarla. Podía verla
claramente a través
del cristal, e
intentó con ahínco trepar por una de las patas de la mesa, pero
era demasiado resbaladiza. Y cuando se cansó de intentarlo, la
pobre niña
se sentó en el
suelo y se echó a llorar.
«¡Vamos! ¡De
nada sirve llorar de esta manera!», se dijo Alicia a sí misma,
con bastante firmeza. «¡Te aconsejo que dejes de llorar ahora
mismo!» Alicia
se daba por lo
general muy buenos consejos a sí misma (aunque rara vez los
seguía), y algunas veces se reñía con tanta dureza que se le
saltaban las lágrimas.
Se acordaba
incluso de haber intentado una vez tirarse de las orejas por
haberse hecho trampas en un partido de croquet que jugaba
consigo misma, pues
a esta curiosa
criatura le gustaba mucho comportarse como si fuera dos personas
a la vez. «¡Pero de nada me serviría ahora comportarme como si
fuera dos
personas!»,
pensó la pobre Alicia. «¡Cuando ya se me hace bastante difícil
ser una sola persona como Dios manda!»
Poco después, su
mirada se posó en una cajita de cristal que había debajo de la
mesa. La abrió y encontró dentro un diminuto pastelillo, en que
se leía
la palabra
«CÓMEME», deliciosamente escrita con grosella. «Bueno, me lo
comeré», se dijo Alicia, «y si me hace crecer, podré coger la
llave, y, si me hace
todavía más
pequeña, podré deslizarme por debajo de la puerta. De un modo o
de otro entraré en el jardín, y eso es lo que importa.»
Dio un
mordisquito y se preguntó nerviosísima a sí misma: «¿Hacia
dónde? ¿Hacia dónde?» Al mismo tiempo, se llevó una mano a la
cabeza para notar en qué
dirección se
iniciaba el cambio, y quedó muy sorprendida al advertir que
seguía con el mismo tamaño. En realidad, esto es lo que sucede
normalmente cuando
se da un
mordisco a un pastel, pero Alicia estaba ya tan acostumbrada a
que todo lo que le sucedía fuera extraordinario, que le pareció
muy aburrido y
muy tonto que la
vida discurriese por cauces normales.
Así pues pasó a
la acción, y en un santiamén dio buena cuenta del pastelito.
Las Aventuras de
Alicia en el País de las Maravillas Capítulo 2
- EL CHARCO DE
LÁGRIMAS
--¡Curiorífico y
curiorífico! --exclamó Alicia (estaba tan sorprendida, que por
un momento se olvidó hasta de hablar correctamente)--. ¡Ahora me
estoy estirando
como el
telescopio más largo que haya existido jamás! ¡Adiós, pies!
--gritó, porque cuando miró hacia abajo vio que sus pies
quedaban ya tan lejos que
parecía fuera a
perderlos de vista--. ¡Oh, mis pobrecitos pies! ¡Me pregunto
quién os pondrá ahora vuestros zapatos y vuestros calcetines!
¡Seguro que
yo no podré
hacerlo! Voy a estar demasiado lejos para ocuparme personalmente
de vosotros: tendréis que arreglároslas como podáis... Pero voy
a tener que
ser amable con
ellos --pensó Alicia--, ¡o a lo mejor no querrán llevarme en la
dirección en que yo quiera ir! Veamos: les regalaré un par de
zapatos nuevos
todas las
Navidades.
Y siguió
planeando cómo iba a llevarlo a cabo:
--Tendrán que ir
por correo. ¡Y qué gracioso será esto de mandarse regalos a los
propios pies! ¡Y qué chocante va a resultar la dirección!
Al Sr. Pie
Derecho de Alicia
Alfombra de
la Chimenea,
junto al
Guardafuegos
(con un
abrazo de Alicia).
¡Dios mío, qué
tonterías tan grandes estoy diciendo!
Justo en este
momento, su cabeza chocó con el techo de la sala: en efecto,
ahora medía más de dos metros. Cogió rápidamente la llavecita de
oro y corrió
hacia la puerta
del jardín.
¡Pobre Alicia!
Lo máximo que podía hacer era echarse de lado en el suelo y
mirar el jardin con un solo ojo; entrar en él era ahora más
difícil que nunca.
Se sentó en el
suelo y volvió a llorar.
--¡Debería darte
verguenza! --dijo Alicia--. ¡Una niña tan grande como tú (ahora
sí que podía decirlo) y ponerse a llorar de este modo! ¡Para
inmediatamente!
Pero siguió
llorando como si tal cosa, vertiendo litros de lágrimas, hasta
que se formó un verdadero charco a su alrededor, de unos diez
centímetros de
profundidad y
que cubría la mitad del suelo de la sala.
Al poco rato oyó
un ruidito de pisadas a lo lejos, y se secó rápidamente los ojos
para ver quién llegaba. Era el Conejo Blanco que volvía,
espléndidamente
vestido, con un
par de guantes blancos de cabritilla en una mano y un gran
abanico en la otra. Se acercaba trotando a toda prisa, mientras
rezongaba para
sí:
--¡Oh! ¡La
Duquesa, la Duquesa! ¡Cómo se pondrá si la hago esperar!
Alicia se sentía
tan desesperada que estaba dispuesta a pedir socorro a
cualquiera. Así pues, cuando el Conejo estuvo cerca de ella,
empezó a decirle tímidamente
y en voz baja:
--Por favor,
señor...
El Conejo se
llevó un susto tremendo, dejó caer los guantes blancos de
cabritilla y el abanico, y escapó a todo correr en la oscuridad.
Alicia recogió
el abanico y los guantes, Y, como en el vestíbulo hacía mucho
calor, estuvo abanicándose todo el tiempo mientras se decía:
--¡Dios mío!
¡Qué cosas tan extrañas pasan hoy! Y ayer todo pasaba como de
costumbre. Me pregunto si habré cambiado durante la noche.
Veamos: ¿era yo la
misma al
levantarme esta mañana? Me parece que puedo recordar que me
sentía un poco distinta. Pero, si no soy la misma, la siguiente
pregunta es ¿quién
demonios soy?
¡Ah, este es el gran enigma!
Y se puso a
pensar en todas las niñas que conocía y que tenían su misma
edad, para ver si podía haberse transformado en una de ellas.
--Estoy segura
de no ser Ada --dijo--, porque su pelo cae en grandes rizos, y
el mío no tiene ni medio rizo. Y estoy segura de que no puedo
ser Mabel, porque
yo sé muchísimas
cosas, y ella, oh, ¡ella sabe Poquísimas! Además, ella es ella,
y yo soy yo, y... ¡Dios mío, qué rompecabezas! Voy a ver si sé
todas las
cosas que antes
sabía. Veamos: cuatro por cinco doce, y cuatro por seis trece, y
cuatro por siete...
¡Dios mío! ¡Así
no llegaré nunca a veinte! De todos modos, la tabla de
multiplicar no significa nada. Probemos con la geografía.
Londres es la capital de
París, y París
es la capital de Roma, y Roma... No, lo he dicho todo mal, estoy
segura. ¡Me debo haber convertido en Mabel! Probaré, por ejemplo
el de
la industriosa
abeja."
Cruzó las manos
sobre el regazo y notó que la voz le salía ronca y extraña y las
palabras no eran las que deberían ser:
`¡Ves como el
industrioso cocodrilo
Aprovecha su
lustrosa cola
Y derrama las
aguas del Nilo
Por sobre sus
escamas de oro!
`¡Con que
alegría muestra sus dientes
Con que
cuidado dispone sus uñas
Y se dedica a
invitar a los pececillos
Para que
entren en sus sonrientes mandíbulas!
¡Estoy segura
que esas no son las palabras! Y a la pobre Alicia se le llenaron
otra vez los ojos de lágrimas.
--¡Seguro que
soy Mabel! Y tendré que ir a vivir a aquella casucha horrible, y
casi no tendré juguetes para jugar, y ¡tantas lecciones que
aprender! No,
estoy
completamente decidida: ¡si soy Mabel, me quedaré aquí! De nada
servirá que asomen sus cabezas por el pozo y me digan: «¡Vuelve
a salir, cariño!»
Me limitaré a
mirar hacia arriba y a decir: «¿Quién soy ahora, veamos? Decidme
esto primero, y después, si me gusta ser esa persona, volveré a
subir. Si
no me gusta, me
quedaré aquí abajo hasta que sea alguien distinto...» Pero, Dios
mío --exclamó Alicia, hecha un mar de lágrimas--, ¡cómo me
gustaría que
asomaran de
veras sus cabezas por el pozo! ¡Estoy tan cansada de estar sola
aquí abajo!
Al decir estas
palabras, su mirada se fijó en sus manos, y vio con sorpresa que
mientras hablaba se había puesto uno de los pequeños guantes
blancos de
cabritilla del
Conejo.
--¿Cómo he
podido hacerlo? --se preguntó--. Tengo que haberme encogido otra
vez.
Se levantó y se
acercó a la mesa para comprobar su medida. Y descubrió que,
según sus conjeturas, ahora no medía más de sesenta centímetros,
y seguía achicándose
rápidamente. Se
dio cuenta en seguida de que la causa de todo era el abanico que
tenía en la mano, y lo soltó a toda prisa, justo a tiempo para
no llegar
a desaparecer
del todo.
--¡De buena me
he librado ! --dijo Alicia, bastante asustada por aquel cambio
inesperado, pero muy contenta de verse sana y salva--. ¡Y ahora
al jardín!
Y echó a correr
hacia la puertecilla. Pero, ¡ay!, la puertecita volvía a estar
cerrada y la llave de oro seguía como antes sobre la mesa de
cristal. «¡Las
cosas están peor
que nunca!», pensó la pobre Alicia. «¡Porque nunca había sido
tan pequeña como ahora, nunca! ¡Y declaro que la situación se
está poniendo
imposible!»
Mientras decía
estas palabras, le resbaló un pie, y un segundo más tarde,
¡chap!, estaba hundida hasta el cuello en agua salada. Lo
primero que se le ocurrió
fue que se había
caído de alguna manera en el mar. «Y en este caso podré volver a
casa en tren», se dijo para sí. (Alicia había ido a la playa una
sola
vez en su vida,
y había llegado a la conclusión general de que, fuera uno a
donde fuera, la costa inglesa estaba siempre llena de casetas de
bano, niños
jugando con
palas en la arena, después una hilera de casas y detrás una
estación de ferrocarril.) Sin embargo, pronto comprendió que
estaba en el charco
de lágrimas que
había derramado cuando medía casi tres metros de estatura.
--¡Ojalá no
hubiera llorado tanto! --dijo Alicia, mientras nadaba a su
alrededor, intentando encontrar la salida--. ¡Supongo que ahora
recibiré el castigo
y moriré ahogada
en mis propias lágrimas! ¡Será de veras una cosa extraña! Pero
todo es extraño hoy.
En este momento
oyó que alguien chapoteaba en el charco, no muy lejos de ella, y
nadó hacia allí para ver quién era. Al Principio creyó que se
trataba de
una morsa o un
hipopótamo, pero después se acordó de lo pequeña que era ahora,
y comprendió que sólo era un ratón que había caído en el charco
como ella.
--¿Servirá de
algo ahora --se preguntó Alicia-- dirigir la palabra a este
ratón? Todo es tan extraordinario aquí abajo, que no me
sorprendería nada que
pudiera hablar.
De todos modos, nada se pierde por intentarlo. --Así pues,
Alicia empezó a decirle-: Oh, Ratón, ¿sabe usted cómo salir de
este charco?
¡Estoy muy
cansada de andar nadando de un lado a otro, oh, Ratón!
Alicia pensó que
éste sería el modo correcto de dirigirse a un ratón; nunca se
había visto antes en una situación parecida, pero recordó haber
leído en
la Gramática
Latina de su hermano «el ratón -- del ratón -- al ratón -- para
el ratón -- ¡oh, ratón!» El Ratón la miró atentamente, y a
Alicia le pareció
que le guiñaba
uno de sus ojillos, pero no dijo nada. «Quizá no sepa hablar
inglés», pensó Alicia. «Puede ser un ratón francés, que llegó
hasta aquí con
Guillermo el
Conquistador.» (Porque a pesar de todos sus conocimientos de
historia, Alicia no tenía una idea muy clara de cuánto tiempo
atrás habían tenido
lugar algunas
cosas.) Siguió pues:
--Où est ma
chatte?
Era la primera
frase de su libro de francés. El Ratón dio un salto inesperado
fuera del agua y empezó a temblar de pies a cabeza.
--¡Oh, le ruego
que me perdone! --gritó Alicia apresuradamente, temiendo haber
herido los sentimientos del pobre animal--. Olvidé que a usted
no le gustan
los gatos.
--¡No me gustan
los gatos! --exclamó el Ratón en voz aguda y apasionada--. ¿Te
gustarían a ti los gatos si tú fueses yo?
--Bueno, puede
que no -dijo Alicia en tono conciliador-. No se enfade por esto.
Y, sin embargo, me gustaría poder enseñarle a nuestra gata Dina.
Bastaría
que usted la
viera para que empezaran a gustarle los gatos. Es tan bonita y
tan suave --siguió Alicia, hablando casi para sí misma, mientras
nadaba perezosa
por el charco--,
y ronronea tan dulcemente junto al fuego, lamiéndose las patitas
y lavándose la cara... y es tan agradable tenerla en brazos... y
es tan
hábil cazando
ratones... ¡Oh, perdóneme, por favor! --gritó de nuevo Alicia,
porque esta vez al Ratón se le habían puesto todos los pelos de
punta y tenía
que estar
enfadado de veras--. No hablaremos más de Dina, si usted no
quiere.
--¡Hablaremos
dices! chilló el Rat6n, que estaba temblando hasta la mismísima
punta de la cola--. ¡Como si yo fuera a hablar de semejante
tema! Nuestra
familia ha
odiado siempre a los gatos: ¡bichos asquerosos, despreciables,
vulgares! ¡Que no vuelva a oír yo esta palabra!
--¡No la volveré
a pronunciar! -dijo Alicia, apresurándose a cambiar el tema de
la conversación-. ¿Es usted... es usted amigo... de... de los
perros? El
Ratón no dijo
nada y Alicia siguió diciendo atropelladamente--: Hay cerca de
casa un perrito tan mono que me gustaría que lo conociera! Un
pequeño terrier
de ojillos
brillantes, sabe, con el pelo largo, rizado, castaño. Y si le
tiras un palo, va y lo trae, y se sienta sobre dos patas para
pedir la comida,
y muchas cosas
más... no me acuerdo ni de la mitad... Y es de un granjero,
sabe, y el granjero dice que es un perro tan útil que no lo
vendería ni por
cien libras.
Dice que mata todas las ratas y... ¡Dios mío! --exclamó Alicia
trastornada--. ¡Temo que lo he ofendido otra vez!
Porque el Ratón
se alejaba de ella nadando con todas sus fuerzas, y organizaba
una auténtica tempestad en la charca con su violento chapoteo.
Alicia lo
llamó dulcemente
mientras nadaba tras él:
--¡Ratoncito
querido! ¡vuelve atrás, y no hablaremos más de gatos ni de
perros, puesto que no te gustan!
Cuando el Ratón
oyó estas palabras, dio media vuelta y nadó lentamente hacia
ella: tenía la cara pálida (de emoción, pensó Alicia) y dijo con
vocecita temblorosa:
--Vamos a la
orilla, y allí te contaré mi historia, y entonces comprenderás
por qué odio a los gatos y a los perros.
Ya era hora de
salir de allí, pues la charca se iba llenando más y más de los
pájaros y animales que habían caído en ella: había un pato y un
dodo, un loro
y un aguilucho y
otras curiosas criaturas. Alicia abrió la marcha y todo el grupo
nadó hacia la orilla.
Las Aventuras de
Alicia en el País de las Maravillas Capítulo 3. - UNA CARRERA
LOCA Y UNA LARGA HISTORIA
El grupo que se
reunió en la orilla tenía un aspecto realmente extraño: los
pájaros con las plumas sucias, los otros animales con el pelo
pegado al cuerpo,
y todos calados
hasta los huesos, malhumorados e incómodos.
Lo primero era,
naturalmente, discurrir el modo de secarse: lo discutieron entre
ellos, y a los pocos minutos a Alicia le parecía de lo más
natural encontrarse
en aquella
reunión y hablar familiarmente con los animales, como si los
conociera de toda la vida. Sostuvo incluso una larga discusión
con el Loro, que
terminó
poniéndose muy tozudo y sin querer decir otra cosa que «soy más
viejo que tú, y tengo que saberlo mejor». Y como Alicia se negó
a darse por vencida
sin saber antes
la edad del Loro, y el Loro se negó rotundamente a confesar su
edad, ahí acabó la conversación.
Por fin el
Ratón, que parecía gozar de cierta autoridad dentro del grupo,
les gritó:
--¡Sentaos todos
y escuchadme! ¡Os aseguro que voy a dejaros secos en un
santiamén!
Todos se
sentaron pues, formando un amplio círculo, con el Ratón en
medio. Alicia mantenía los ojos ansiosamente fijos en él, porque
estaba segura de que
iba a pescar un
resfriado de aúpa si no se secaba en seguida.
--¡Ejem!
--carraspeó el Ratón con aires de importancia--, ¿Estáis
preparados? Esta es la historia más árida y por tanto más seca
que conozco. ¡Silencio
todos, por
favor! «Guillermo el Conquistador, cuya causa era apoyada por el
Papa, fue aceptado muy pronto por los ingleses, que necesitaban
un jefe y estaban
ha tiempo
acostumbrados a usurpaciones y conquistas. Edwindo Y Morcaro,
duques de Mercia y Northumbría...»
--¡Uf! --graznó
el Loro, con un escalofrío.
--Con perdón
--dijo el Ratón, frunciendo el ceño, pero con mucha cortesía--.
¿Decía usted algo?
--¡Yo no! --se
apresuró a responder el Loro.
--Pues me lo
había parecido -dijo el Ratón--. Continúo. «Edwindo y Morcaro,
duques de Mercia y Northumbría, se pusieron a su favor, e
incluso Stigandio,
el patriótico
arzobispo de Canterbury, lo encontró conveniente...»
--¿Encontró qué?
-preguntó el Pato.
--Encontrólo
-repuso el Ratón un poco enfadado--. Desde luego, usted sabe lo
que quiere decir.
--¡Claro que sé
lo que quiere decir! --refunfuñó el Pato--. Cuando yo encuentro
algo es casi siempre una rana o un gusano. Lo que quiero saber
es qué fue
lo que encontró
el arzobispo.
El Ratón hizo
como si no hubiera oído esta pregunta y se apresuró a continuar
con su historia:
--«Lo encontró
conveniente y decidió ir con Edgardo Athelingo al encuentro de
Guillermo y ofrecerle la corona. Guillermo actuó al principio
con moderación.
Pero la
insolencia de sus normandos...» ¿Cómo te sientes ahora, querida?
continuó, dirigiéndose a Alicia.
--Tan mojada
como al principio --dijo Alicia en tono melancólico--. Esta
historia es muy seca, pero parece que a mi no me seca nada.
--En este caso
--dijo solemnemente el Dodo, mientras se ponía en pie--,
propongo que se abra un receso en la sesión y que pasemos a la
adopción inmediata
de remedios más
radicales...
--¡Habla en
cristiano! --protestó el Aguilucho--. No sé lo que quieren decir
ni la mitad de estas palabras altisonantes, y es más, ¡creo que
tampoco tú
sabes lo que
significan!
Y el Aguilucho
bajó la cabeza para ocultar una sonrisa; algunos de los otros
pájaros rieron sin disimulo.
--Lo que yo iba
a decir --siguió el Dodo en tono ofendido-- es que el mejor modo
para secarnos sería una Carrera Loca.
--¿Qué es una
Carrera Loca? --preguntó Alicia, y no porque tuviera muchas
ganas de averiguarlo, sino porque el Dodo había hecho una pausa,
como esperando
que alguien
dijera algo, y nadie parecía dispuesto a decir nada.
--Bueno, la
mejor manera de explicarlo es hacerlo.
(Y por si alguno
de vosotros quiere hacer también una Carrera Loca cualquier día
de invierno, voy a contaros cómo la organizó el Dodo.)
Primero trazó
una pista para la Carrera, más o menos en círculo («la forma
exacta no tiene importancia», dijo) y después todo el grupo se
fue colocando
aquí y allá a lo
largo de la pista. No hubo el «A la una, a las dos, a las tres,
ya», sino que todos empezaron a correr cuando quisieron, y cada
uno paró
cuando quiso, de
modo que no era fácil saber cuándo terminaba la carrera. Sin
embargo, cuando llevaban corriendo más o menos media hora, y
volvían a estar
ya secos, el
Dodo gritó súbitamente:
--¡La carrera ha
terminado!
Y todos se
agruparon jadeantes a su alrededor, preguntando:
--¿Pero quién ha
ganado?
El Dodo no podía
contestar a esta pregunta sin entregarse antes a largas
cavilaciones, y estuvo largo rato reflexionando con un dedo
apoyado en la frente
(la postura en
que aparecen casi siempre retratados los pensadores), mientras
los demás esperaban en silencio. Por fin el Dodo dijo:
--Todos hemos
ganado, y todos tenemos que recibir un premio.
--¿Pero quién
dará los premios? --preguntó un coro de voces.
--Pues ella,
naturalmente --dijo el Dodo, señalando a Alicia con el dedo.
Y todo el grupo
se agolpó alrededor de Alicia, gritando como locos:
--¡Premios! !
Alicia no sabía
qué hacer, y se metió desesperada una mano en el bolsillo, y
encontró una caja de confites (por suerte el agua salada no
había entrado dentro),
y los repartió
como premios. Había exactamente un confite para cada uno de
ellos.
--Pero ella
también debe tener un premio --dijo el Ratón.
--Claro que sí -aprobó
el Dodo con gravedad, y, dirigiéndose a Alicia, preguntó--: ¿Qué
más tienes en el bolsillo?
--Sólo un dedal
-dijo Alicia.
--Venga el dedal
-dijo el Dodo.
Y entonces todos
la rodearon una vez más, mientras el Dodo le ofrecía
solemnemente el dedal con las palabras:
--Os rogamos que
aceptéis este elegante dedal.
Y después de
este cortísimo discurso, todos aplaudieron con entusiasmo.
Alicia pensó que
todo esto era muy absurdo, pero los demás parecían tomarlo tan
en serio que no se atrevió a reír, y, como tampoco se le ocurría
nada que
decir, se limitó
a hacer una reverencia, y a coger el dedal, con el aire más
solemne que pudo.
Había llegado el
momento de comerse los confites, lo que provocó bastante ruido y
confusión, pues los pájaros grandes se quejaban de que sabían a
poco,
y los pájaros
pequeños se atragantaban y había que darles palmaditas en la
espalda. Sin embargo, por fin terminaron con los confites, y de
nuevo se sentaron
en círculo, y
pidieron al Ratón que les contara otra historia
--Me prometiste
contarme tu vida, ¿te acuerdas? --dijo Alicia--. Y por qué odias
a los... G. y a los P. --añadió en un susurro, sin atreverse a
nombrar
a los gatos y a
los perros por su nombre completo para no ofender al Ratón de
nuevo.
--¡Arrastro tras
de mí una realidad muy larga y muy triste! --exclamó el Ratón,
dirigiéndose a Alicia y dejando escapar un suspiro.
--Desde luego,
arrastras una cola larguísima --dijo Alicia, mientras echaba una
mirada admirativa a la cola del Ratón--, pero ¿por qué dices que
es triste?
Y tan convencida
estaba Alicia de que el Ratón se refería a su cola, que, cuando
él empezó a hablar, la historia que contó tomó en la imaginación
de Alicia
una forma así:
"Cierta
Furia dijo a un
Ratón al
que se encontró
en su
casa: "Vamos a ir jun-
tos
ante la Ley: Yo te acu-
saré,
y tú te defenderás.
¡Vamos!
No admitiré más
discusiones Hemos de
tener un proceso, por-
que
esta mañana no he
tenido ninguna otra
cosa
que hacer". El
Ratón
respondió a la
Furia:
"Ese pleito, se-
ñora no
servirá si no
tenemos
juez y jurado,
y no
servirá más que
para
que nos gritemos
uno a
otro como una
pareja de tontos"
Y
replicó la Fu-
ria: "Yo seré
al mismo tiempo
el juez y el
jurado." Lo dijo
taimadamente
la
vieja Fu-
ria.
"Yo seré
la
que diga
todo
lo que
haya
que de-
cir, y tam-
bien quien a muer- te
con- de- ne."
--¡No me estás
escuchando! --protestó el Ratón, dirigiéndose a Alicia--. ¿Dónde
tienes la cabeza?
--Por favor, no
te enfades -dijo Alicia con suavidad--. Si no me equivoco, ibas
ya por la quinta vuelta.
--¡Nada de eso!
--chilló el Ratón--. ¿De qué vueltas hablas? ¡Te estás burlando
de mí y sólo dices tonterías!
Y el Ratón se
levantó y se fue muy enfadado.
--¡Ha sido sin
querer! exclamó la pobre Alicia--. ¡Pero tú te enfadas con tanta
facilidad!
El Ratón sólo
respondió con un gruñido, mientras seguía alejándose.
--¡Vuelve, por
favor, y termina tu historia! --gritó Alicia tras él.
Y los otros
animales se unieron a ella y gritaron a coro:
--¡Sí, vuelve,
por favor!
Pero el Ratón
movió impaciente la cabeza y apresuró el paso
--¡Qué lástima
que no se haya querido quedar! -suspiró el Loro, cuando el Ratón
se hubo perdido de vista.
Y una vieja
Cangreja aprovechó la ocasión para decirle a su hija:
--¡Ah, cariño! ¡Que
te sirva de lección para no dejarte arrastrar nunca por tu mal
genio!
--¡Calla esa
boca, mamá! -protestó con aspereza la Cangrejita-. ¡Eres capaz
de acabar con la paciencia de una ostra!
--¡Ojalá
estuviera aquí Dina con nosotros! --dijo Alicia en voz alta,
pero sin dirigirse a nadie en particular--.
¡Ella sí que nos
traería al Ratón en un santiamén!
--¡Y quién es
Dina, si se me permite la pregunta? --quiso saber el Loro.
Alicia contestó
con entusiasmo, porque siempre estaba dispuesta a hablar de su
amiga favorita:
--Dina es
nuestra gata. ¡Y no podéis imaginar lo lista que es para cazar
ratones! ¡Una maravilla! ¡Y me gustaría que la vierais correr
tras los pájaros!
¡Se zampa un
pajarito en un abrir y cerrar de ojos!
Estas palabras
causaron una impresión terrible entre los animales que la
rodeaban. Algunos pájaros se apresuraron a levantar el vuelo.
Una vieja urraca
se acurrucó bien
entre sus plumas, mientras murmuraba: «No tengo más remedio que
irme a casa; el frío de la noche no le sienta bien a mi garganta».
Y un
canario reunió a
todos sus pequeños, mientras les decía con una vocecilla
temblorosa: «¡Vamos, queridos! ¡Es hora de que estéis todos en
la cama!» Y así,
con distintos
pretextos, todos se fueron de allí, y en unos segundos Alicia se
encontró completamente sola.
--¡Ojalá no
hubiera hablado de Dina! --se dijo en tono melancólico--. ¡Aquí
abajo, mi gata no parece gustarle a nadie, y sin embargo estoy
bien segura de
que es la mejor
gata del mundo! ¡Ay, mi Dina, mi querida Dina! ¡Me pregunto si
volveré a verte alguna vez!
Y la pobre
Alicia se echó a llorar de nuevo, porque se sentía muy sola y
muy deprimida. Al poco rato, sin embargo, volvió a oír un
ruidito de pisadas a
lo lejos y
levantó la vista esperanzada, pensando que a lo mejor el Ratón
había cambiado de idea y volvía atrás para terminar su historia.
CONTINUARÁ
.....